UA-28861861-1 Fotos Antiguas de Mendoza, Argentina y el Mundo de cada década desde 1880: 10/15/14

miércoles, 15 de octubre de 2014

Buenos modales en el bar (1956)

El libro CORTESÍA y buenos modales de María Adela Oyuela, escrito en 1956, ofrece consejos de cómo se debía actuar en una salida. Aquí, un repaso por algunas de aquellas normas de conducta social que se mantenían hace cincuenta años.  
–Modo de comportarse en restaurantes, confiterías, boites y bares americanos
Cuando se quiere tener una entrevista agradable, un rato de charla o una atención, y no se puede por algún motivo invitar a la propia casa, se adopta la solución actual, que consiste en recurrir a una confitería, restaurante, etc.
Las reducidas dimensiones de los departamentos modernos, las dificultades de servicio, de horario o de obtención de elementos adecuados, han contribuido a hacer de esta modalidad algo acostumbrado. A nadie, pues, le llama la atención recibir una invitación a tomar el té en tal o cual confitería, o a “tomar una copa” en este bar, a comer con Fulano y Mengano en aquel restaurante. Pero, si bien no existe un impedimento serio para resolver una situación de compromiso de este modo cuando se trata de dos o tres personas, puede haberlo cuando tenemos que invitar a muchos más, pues el presupuesto se aumenta de una manera exagerada.
Tratándose de relaciones nuevas que no conozcan nuestra casa, resulta mucho más cortés y significa en cierto modo admitirlas en nuestra intimidad, invitarlas a una reunión en nuestro domicilio, por pequeño que sea.
-Conozca bien a quién lleva a su casa
Es conocido el proverbial modo de ser argentino, que practica una política de “puertas abiertas” con sus relaciones, lo cual nos ha valido -sobre todo entre los extranjeros- fama de hospitalarios y generosos.
Hermosa fama, bien merecida y conservada; pero antes de llevar a nuestro hogar a un nuevo visitante, nos parece prudente conocer un poco su modalidad, educación y condiciones, a fin de evitar un posible y tardío arrepentimiento por haber actuado con precipitación. Para este previo conocimiento mutuo, resulta práctico invitar a lugares como los indicados, donde habrá oportunidad de estudiar más a fondo a los posibles amigos, y de obtener una impresión general sobre su carácter.
-Diferentes modos de invitar
La invitación para uno de estos establecimientos se hace por teléfono y con toda sencillez –como cuando invitamos al cine- salvo en el caso particular de que necesitemos conocer de antemano, y con exactitud, el número de los asistentes (por ejemplo, en ocasión de un homenaje, la celebración de una fecha, etc.). En estas circunstancias, la invitación se formula por tarjeta.
Las confiterías, salones de té, bares, restaurantes, etc., se dividen y clasifican en diferentes categorías, que ofrecen una gran diversidad de ambientes y son frecuentados por los públicos más heterogéneos. Aparte unos pocos establecimientos, tradicionalmente elegantes, el resto queda librado al capricho de la gente, que los pone de moda o les retira su favor, con la arbitrariedad más absoluta. Nadie ignora la inconstancia característica del gran mundo en ese sentido, engendrada probablemente por un insaciable deseo de novedad y de variación. Es muy comprensible que a las personas que “salen mucho” les resulte monótona y aburrida la frecuentación de lugares que ofrecen a otras, de vida doméstica, el atractivo de lo excepcional. El placer deja de serlo cuando se convierte en costumbre, y en tales condiciones suele preferirse cualquier cosa “diferente” de las conocidas, aunque sea de calidad inferior a aquellas que la costumbre ha acabado por gastar y desteñir.
Esto explica el éxito –de otro modo inexplicable- de algunos establecimientos que un buen día están de moda y se ven extraordinariamente concurridos, aunque dos días después vuelvan a la mediocridad y al anonimato. (…) De ahí la fugacidad de un auge que no tiene ninguna base sólida. Y de ahí también, cuando de invitar se trata, la necesidad de consultar las preferencias de nuestro invitado, para llevarlo no sólo a un sitio “de moda” sino a un ambiente donde, además, y sobre todo, pueda sentirse a gusto.
Vaya un ejemplo: si llevamos a una persona muy seria, bastante puntillosa, y convenientemente atiborrada de prejuicios, a un bodegón del bajo fondo, por pintoresco que sea, no es muy probable que nuestra elección resulte un acierto. 
-Cómo desenvolverse en esos sitios
Cuando se entra a un restaurante o confitería, los hombres se quitan el sombrero, por tratarse de lugares cerrados donde hay personas de ambos sexos. Son los últimos en sentarse y, antes de hacerlo, ayudan a las señoras acercando la silla a la mesa en el momento oportuno.
La ubicación de los asientos también se tiene en cuenta: las señoras o personas de más respeto se sitúan de frente a la entrada principal, teniendo derecho a la elección de la mesa y del lugar.
Si en algún momento una de las señoras de una mesa se pone de pie, los caballeros que la acompañan deben imitarla y permanecer así mientras ella no se retire. Si lo hace, los hombres vuelven a sentarse. De igual modo que al ocupar la mesa, los caballeros deben estar atentos al gesto con que una señora indique su intención de levantarse, para deslizar en su oportunidad la silla suavemente, y de ese modo facilitarle el paso. Si una señora o señorita se acerca a una mesa ocupada, por haber visto en ella a algún conocido, los hombres que estén en esa mesa se pondrán de pie, mientras la persona amiga los presenta. En caso de que lo juzguen oportuno, y siempre que la recién llegada esté sola, puede invitársele a integrar el grupo. En ningún caso se invitará a una persona sin su acompañante; y a su vez los invitados ocasionales deben por regla general, rehusar cortésmente, tratando de no prolongar la interrupción ocasionada por su presencia.
Un caballero no debe nunca –a menos de ser llamado especialmente- acercarse a una mesa ocupada por señoras solas o por una pareja, pues su intrusión puede ser indiscreta.
-Dónde dejar los paquetes y abrigos
Los abrigos, carteras, guantes, o pequeños paquetes, se colocan en una silla, al lado de su dueña. Si hay en el lugar un sitio destinado a guardarropa, o perchas, los hombres dejan allí sus sobretodos y demás accesorios; en caso contrario, siguen el mismo procedimiento que las señoras.
Es incorrecto y molesto colocar las prendas superfluas en los respaldos o brazos de los asientos de terceros, o quedarse con ellos sobre las rodillas; pero si no hay lugares disponibles, se elige la solución que provoque menos molestias a los demás.
-Pedidos al mozo (cuándo y quiénes los deben hacer)
Si alguna de las personas que se han dado cita llega con anticipación al lugar fijado (cosa que ocurre muy a menudo), puede elegir mesa y sentarse mientras espera, pero no debe hacer ningún pedido importante antes de la llegada de sus compañeros. Si el que se encuentra en tal situación es un hombre, en el momento de llegar la señora o señorita a quien espera, debe ponerse de pie, excusándose por haberse instalado, sin aguardar un poco. Si, por el contrario, es una dama (y esto habla muy mal del acompañante) no debe ni excusarse, ni ponerse de pie, pero tampoco habrá pedido nada al mozo antes de la llegada de su compañero, a menos que éste sea un amigo de mucha confianza, y no lo tome como una manera de echarle en cara su retraso.
Los pedidos al mozo o al camarero debe hacerlos (previa consulta con los demás) una sola persona que, como es lógico, será la que ha invitado, o en su defecto, la de mayor respeto, y la que presuntamente pagará el importe de lo que se consuma.
Entre personas del mismo sexo puede hacerse el pedido individualmente, pero manteniendo mucho orden y mesura y evitando aturdir al camarero con excesivos detalles.
Sea quien fuere el que haya invitado, todos los hombres que se sienten en torno a una mesa deben tratar de pagar la cuenta. Entre gente de edad aproximada, se puede repartir el gasto: “a la inglesa”, es decir, dividiéndolo en partes iguales (nunca en proporción a lo que ha tomado cada uno).
Si hay señoras, no es correcto repartir gastos contándolas por separado, y absolutamente inadmisible que ellas pretendan pagar, sea cual fuere su posición económica.
La conversación deberá ser agradable y en bajo tono de voz. Se evitarán las carcajadas estruendosas, los ademanes violentos, y las críticas sobre los demás.
Esta entrada fue publicada en CostumbresLibrosModasSiglo XX por Daniel Balmaceda, y etiquetada como.

Sobre las vías del Ferrocarril Trasandino, antes de la localidad de Las Cuevas. (año 1925) Mendoza


Huelga de Cocheros, 1899. Buenos Aires



Documento fotográfico. Inventario 21862.
Archivo General de la Naciòn

Micro Omnibus CITA. COMMER Motor de 6 cilindro, 30 hp. circulaba en la Ciudad de Mendoza (foto año 1934)



De hombres, braguetas y complejos

De la palabra bragueta provienen las expresiones populares “dar el braguetazo”, que significa casarse por interés con una mujer rica; o “tal es un braguetero”, es decir, un hombre dado a la lascivia; o “es un hidalgo de bragueta” para referirse a un señor de bien, honorable y bien dotado.

El objetivo de la bragueta no era sólo facilitar el acto de orinar sino también el de fornicar y el de violar.


Es cierto, confesémoslo de una vez: sí, lo primero que las mujeres les miramos a los hombres son los ojos, pero un segundo después nuestra mirada se dirige automáticamente a la entrepierna masculina.

Este lugar en la topografía varonil se llama, en buen castizo, bragadura y su nombre proviene del término de bragueta, definida como “la abertura de los calzones, de las calzas o de los pantalones por delante” que, a su vez, es una extensión de la palabra braga, “cuerda con que ciñe un fardo, un tonel, una piedra, para suspenderlo en el aire”.

No siempre la ropa de hombre estuvo provista con este bien pensado diseño. La bragueta fue inventada por un desconocido “modisto” turco; su aplicación fue tan efectiva que se impuso y fue introducida en Europa en el siglo XIII.

Para entonces, los hombres de las ciudades, hidalgos, soldados y buenos cristianos cubrían sus piernas con calzas o calzones, ya que los pantalones estaban reservados a los rústicos trabajadores del campo o a los moriscos; podían ser de una pieza, cubriendo toda la pierna, o llegar hasta la rodilla y ajustarse en torno a ella junto a las medias que tapaban las pantorrillas. Estas medias primero fueron usadas por la gente humilde aunque con el paso del tiempo su uso se hizo extensivo a los hombres de todos los sectores sociales. 

La alta cintura de las calzas se ataba a la parte baja del jubón por medio de unos cordones. La bragueta era una pieza de tela que unía las dos perneras, cubría las partes pudendas masculinas y se hizo común la tendencia a rellenarla de forma exagerada y algo grotesca como ostentación de virilidad y manifestación de hombría. 

Según el historiador Allen Edwards, el objetivo de la bragueta “no era sólo facilitar el acto de orinar sino también el acto de fornicar y el de violar”. O sea, ellos, como siempre, a lo suyo. 

Su uso estaba tan extendido que hasta las armaduras tenían su bragueta metálica para proteger las partes pudendas de los soldados, caballeros y reyes.

De la combinación entre esta zona del cuerpo y la palabra bragueta provienen las expresiones populares “dar el braguetazo”, que significa casarse por interés con una mujer rica; o “tal es un braguetero”, es decir, un hombre dado a la lascivia; o “es un hidalgo de bragueta” para referirse a un señor de bien, honorable y bien dotado.

El modelo inventado por los turcos iba provisto de botones los cuales perduraron excluyentemente hasta la introducción de la cremallera. Ésta, también llamada cierre, fue inventada en 1893 por el muy práctico  estadounidense Whitcomb Judson.

Su idea empezó por los pies y los zapatos: a fines del XIX la gente se ataba el calzado, ya fueran zapatos o botas, con cordones, y los ajustaba. Judson inventó dos pequeñas cadenas metálicas que quedaban sujetas entre sí estirando una corredera entre ambas; lo patentó con el nombre de “abrochador y desabrochador de zapatos”; constituyó la Automatic Hook and Eye Company en la ciudad de Pensylvania y se asoció con Lewis Peter, quien pensó que no había que limitar este sistema de fijación al calzado, sino que podía sustituir todo lo que tuviera botones y corchetes.

Lo simplificaron y adaptaron a las prendas de vestir con tanto éxito que, hacia, 1900 vendían sus cremalleras a 35 centavos, tanto para las braguetas de los pantalones para hombres, como para las faldas de las mujeres. 

Desde entonces, la combinación de botones y cierres en los pantalones ha ido alternando según el capricho de los modistos con mayor o menor aceptación del público masculino generando incluso elecciones definitivas, ya que hay caballeros que sólo usan pantalones con un sistema de abertura y no con otro en virtud de preferencias estrictamente personales.

Pero el significado práctico y simbólico de la bragueta para los hombres sigue siendo el mismo, seducción incluida: facilitar todos los actos vinculados a su miembro, desde orinar a fornicar, con la ropa puesta y de parado, claro.

Patricia Rodón


Fuente: http://www.mdzol.com/nota/292518
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