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domingo, 25 de agosto de 2013

Trapitos al sol. El curioso origen de algunas prendas que te ponés todos los días.


¿Qué me pongo?, ¿me queda bien?, ¿me hace más joven?, ¿es adecuado para la ocasión?, ¿estoy a la moda? son preguntas constantes desde hace siglos para miles de personas. La definición de moda es ambigua y amplia, ya que se refiere tanto a la industria de la indumentaria, a la que se suma la de la cosmética, y que incluye directamente a las modas del consumo de muy diferentes grupos sociales.
Pese a lo efímero de la moda hay piezas que después de siglos, y aún con los cambios de cada época, siguen vigentes. Sin embargo, la mayoría de esas prendas tiene su origen en las necesidades del hombre en un momento dado de la historia, para mejorar su comodidad, su rendimiento en el trabajo o en el desempeño de una determinada tarea.
Los zapatos. Hasta el siglo XVII el calzado era prácticamente igual para hombres y mujeres y como los zapatos femeninos quedaban tapados con largas faldas y casi no se veían, se decoraban menos. Pero en el siglo XVIII todo cambió. El primer adicto a los zapatos elegantes fue el mismísimo Luis XIV, el Rey Sol: tenía lindas piernas y le encantaba mostrarlas. Desterró de Versalles las botas altas, relegándolas para montar a caballo y puso de moda el uso de todo de tipo zapatillas. Durante su reinado se inventaron casi todos los modelos de zapatos y botas que se conocen. De la imaginación de los zapateros franceses, los famososcordonniers, surgieron los diseños más emblemáticos de esa y de todas las épocas: los mules o zapatos sin talón, las botas sin costura, los zapatos de mujer con elevado empeine y los souliers des bottes, es decir, la mezcla de zapato con bota.
Los tacos. Eran literales: le daban unos centímetros más de altura a quien los portara, es decir, denotaban cierto estatus social. A una persona que no perteneciera a la nobleza, aristocracia o creciente burguesía, se le llamaba pied plat o pies planos porque llevaba un calzado liso, sin tacos. Los mules, también llamadas pantoufles o chinelas, acompañaban al déshabillé negligé, una vestimenta de interior considerada altamente erótica, y tenían un taco especialmente alto. Este conjunto, reservado inicialmente para el tocador, pronto empezó a verse en público, tanto en la corte, en veladas y bailes elegantes, como en las iglesias. Al salir del dormitorio, la delicada chinela lo hizo de manera masiva ganando en erotismo al sumarle finos tejidos, gemas, encajes y bordados.
La corbata. Un regimiento de caballería de croatas (cravates) visitó la corte de Luis XIV; el rey y sus cortesanos se quedaran prendados de los largos paños que llevaban anudados al cuello los soldados y así fue como adoptaron la corbata como elemento de su refinado vestuario.
Los guantes. Mientras que en los siglos XVII y XVIII eran un artículo especialmente masculino relacionado con la caza y la monta, actividades propias de los aristócratas, durante el siglo XIX se “democratizó” y se convirtió en un accesorio indispensable y tanto las mujeres como los hombres de buen tono no salían a la calle sin ellos e incluso debían usarlos cuando recibían visitas. Sus portadores podían usarlos como signo de distinción social, como herramienta de seducción puesto llevar las manos y los brazos cubiertos invitaba a imaginar el resto del cuerpo o, literalmente, como arma para insultar a un contrincante propinándole un breve latigazo de tela o cuero en el rostro.
El bolero. La española Eugenia de Montijo, esposa de Napoléon III y llamada a “emperatriz de la moda” fue la primera en utilizar esta chaqueta corta que diseñó su modisto Charles Worth, considerado el padre de la alta costura.
El corset. A lo largo de la historia toda semejanza de la mujer con el hombre era una inquietante anomalía. Hacia los siglos XVIII y XIX, Ilustración y Romanticismo de por medio, se valoró en las mujeres con toneladas de poemas, sus diferencias corporales: la piel pálida y suave, el cabello largo y trabajado, las manos y los pies pequeños. Aquellas zonas de su cuerpo vinculadas a la reproducción, es decir, la cadera y los pechos abundantes volvieron a convertirse en sinónimos de feminidad deseada. Por ello, los siempre atentos franceses inventaron el corset, macabro heredero de los corpiños y ceñidores de tela que habían usado las mujeres hasta el 1600. El corset tenía como objetivo resaltar las formas femeninas; se trataba de afinar el talle y destacar la cola y los pechos. Las modistas ponían tanto empeño en esta misión de afinar el talle que se llegó al extremo de lograr cinturas de 40 centímetros, las llamadas “cinturas de avispa”.
El vestido de novia. Hacia 1850, entre los mandatos religiosos y el comienzo del mandato de "estar a la moda" entre las mujeres, el vestido de boda adquiere gran importancia entre las burguesas, puesto que habla no sólo de la mujer que lo lleva, sino también de su cuerpo y de su misión. Y el blanco se convertirá en el símbolo de la máxima pureza, de la castidad y de la entrega. Por ello el vestido de novia y el vestido de la primera comunión comienzan a ser blancos; los tules y muselinas de los vestidos de baile son blancos y blancos son los hábitos de las novicias.
El leotardo. El trapecista francés Jules Léotard necesitaba una prenda que le otorgara libertad de movimiento en sus piruetas en las alturas y causó un gran revuelo entre las mujeres impactadas por esas medias tupidas ajustadas al cuerpo que dejaban adivinar perfectamente lo que el acróbata escondía entre las piernas. El leotardo, creado en 1867, se quedó con el apellido de su creador.
El chándal. Su origen es muy humilde. Los mercaderes de ajo (marchand d´ail, que derivó en chand’ail) y otras hortalizas del mercado de Les Halles en París necesitaban una ropa cómoda y abrigada para pasar horas a la intemperie. El nombre comenzó a usarse en 1893 y después utilizado por el ejército y más tarde por los deportistas.
Los jeans. El origen del vaquero se remonta al siglo XII en Génova (Gêne es Génova en francés, que derivó en jean para los angloparlantes). La armada necesitaba una prenda recia para sus duras travesías. Se les hicieron unos pantalones con tela de cobalto de la ciudad de Nîmes (de ahí el denim). Siglos después, el 20 de mayo de 1873, la oficina de patentes americana autorizó al comerciante Levi Strauss y al sastre Jacob Denis a la producción de estos particulares pantalones con remaches metálicos.



Los trenchs. Los primeros fueron diseñados en 1914 para los oficiales del ejército británico por el propio creador de la marca que aún hoy los sigue incluyendo en todas sus colecciones, Sir Thomas Burberry. Esa prenda de algodón resistente a la lluvia que necesitaban los soldados ingleses en la I Guerra Mundial fue después elevada a la categoría de icono gracias al cine y a actores como Humpfrey Bogart, Ingrid Bergman, Audrey Hepburn y Meryl Streep.

Las bermudas. El ejército británico también creó los pantalones cortos después de que los soldados destacados en zonas cálidas comenzaran a utilizarlos en el siglo XX, bautizándolos con el nombre de su colonia Bermudas del Atlántico.

La bikini. En 1946, su inventor, el sastre francés Louis Réard, tenía claro que esas dos piezas minúsculas iban a tener un efecto “explosivo” y las bautizó con el nombre de lugar donde Estados Unidos estaban haciendo en ese momento pruebas nucleares: el atolón de Bikini, en las islas Marshall.
Patricia Rodón
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